Memoria, Verdad y Justicia en el Norte Santafesino

viernes, 19 de diciembre de 2014

Carlos Echegoy: pirotecnias

pirotecnias


Voy a concluir de mi parte esta suerte de discusión abierta. Cuando pibes sí, nos gustaba la pirotecnia: cañitas voladoras, cohetes labrados en papel de diarió, que a veces funcionaban y otras no. Ya adolescentes la pirotecnia se hizo ruda: triángulos, rompeportones, tuercas enroscadas con proporción diversa de azufre y pólvora. Hacíamos estallar el compuesto contra las paredes y las veredas, porque era escaso entonces el pavimento. Siempre tuvimos perros, de razas callejeras, buenos perros, duros, enteros: no recuerdo los lleváramos al veterinario más de un par de veces en su vida. Quiero reconocer que debo a otros una conciencia madura respecto de su efecto sobre los animales, perros y también hombres - niños, ancianos. No quiero hacerme el tonto, no soy ingenuo ni santo. Pero aprendo de todos. Y creo que los que pugnan por la prohibición años antes que yo, tienen razón. No una razón cualquiera, razón plena, razón humanitaria, y también científica. No se trata de lo que me parece, de lo que me gusta, de lo que prefiero: se trata de crecer, de madurar, se trata de una razón social que trasciende el individuo. Es cierto que por un tiempo seguirá, por inercia, la estridencia. También que sus días están contados. Porque así como en mi primaria las cuestiones ambientales eran asignatura pendiente, hoy figuran en primer lugar en cualquier agenda comunitaria. Un poco tarde, es cierto. Pero eso no es lo que estamos discutiendo. Lenta, inexorablemente, la estridencia pierde terreno. Un día llegará que volveremos a recuperar el sentido del oído, a disfrutar los sonidos del silencio, como nuestros paisanos, los indios. Y será bueno no solo para los perros, también para nosotros, los turbulentos homínidos del XXI.
Carlos Echegoy Zamar